Cuáles son nuestras fuentes de vida

Santuario, lugar de alianza

Federación de Mujeres de Schoenstatt, santuario

Los hombres somos seres sensibles, no podemos vivir nada más que de lo espiritual. Dios se adapta a nosotros: deja que lo experimentemos con cuerpo y alma. Nos regala su presencia de forma visible y tangible en lugares santos. Allí quiere aliarse con nosotros.
Hizo lo mismo el 18 de octubre de 1914, cuando se fundó Schoenstatt.
Todo aquel que conoce Schoenstatt entra en contacto con el santuario. El mensaje de este lugar santo es: Dios está presente, aquí y ahora. Su mano está presente, aquí y ahora.
Este lugar de alianza podemos “llevarlo” a nuestra propia vida. La gracia del santuario se multiplica.

Nuestro santuario del hogar

¿No surge acaso una gran tensión en eso de vivir totalmente para Dios y de estar en el mundo totalmente dispuestas para los hombres? Pero esa tensión forma parte de nuestra vocación.
El santuario del hogar nos ayuda a transformar esa tensión en energía. El santuario de Schoenstatt se amplía internándose en mi vida cotidiana. La cruz, la imagen de María y otros símbolos religiosos signan ese lugar sagrado dentro de mi casa.
Allí comienzo mi día, allí me retiro para tener tiempos de silencio, allí entro en contacto con la fuente de mi vocación y de mi misión, y desde allí parto a mi actividad profesional cotidiana.

Vida en concreto

Cuando tenía 39 años, mi médico me dijo que mi enfermedad era incurable y que nunca más podría ejercer mi profesión. Tras una prolongada estancia en un hospital, regresé a casa, sola y debilitada. Debía permanecer mucho tiempo acostada. Durante las vacaciones, todos mis parientes se fueron de veraneo, de modo que mis contactos se limitaban a las visitas al médico y a ocasionales conversaciones telefónicas.
En toda esa penuria y soledad, abandonada a mí misma, la alianza de amor con María se convirtió para mí en la fuerza que me sostenía e impulsaba. En María experimenté la cercanía y la confianza cierta que buscaba, que me liberó de todas las angustias por el futuro y que todavía hoy me sigue impulsando. En las horas oscuras recuerdo con gratitud ese tiempo tan pleno y, en la oración frente a la imagen de la Santísima Virgen, experimento una vez más su cercanía y su ayuda.


En mi apartamento tengo un lugar con una cruz, una imagen de María de Schoenstatt y algunos símbolos personales. Ese lugar me es muy caro y valioso. Es mi santuario del hogar. Allí está el centro de mi vida.

En ese lugar hago oración,

allí me detengo por un tiempo más prolongado,
reúno fuerzas para la vida cotidiana y el apostolado,
a ese lugar llevo mis preocupaciones y sufrimientos,
allí acudo con mis alegrías y mi agradecimiento por algún trabajo logrado,
y allí llevo también los problemas y la tristeza de mis semejantes.

En mi santuario del hogar, Dios está especialmente cerca de mí.

Allí experimento ayuda y consuelo,
allí me siento aceptada y amada,
allí estoy cobijada, en casa.


Acepté la petición de preparar niños a la Primera Comunión. En los últimos años, se me pidió colaboración en el centro schoenstattiano para acompañar espiritualmente a señoras y señoritas de edad avanzada y para actuar en la catequesis de niños.
La fuerza que necesito para ello la pido diariamente en mi santuario del hogar. Allí entrego a la Santísima Virgen mis preocupaciones e intenciones, mis decepciones, pero también la alabanza y la acción de gracias por los signos visibles de éxito y de la providencia divina.

Federación de Mujeres de Schoenstatt, Santuario, Cenáculo, Jubileo

Cenáculo, en aquel tiempo y hoy en día

María fue el centro y la madre de la joven Iglesia en el Cenáculo histórico de Jerusalén (véase Hch 1, 12s). Reunida con los apóstoles y las mujeres en oración, imploró el Espíritu Santo. La venida del Espíritu fue el primer Pentecostés. Sólo a través de los dones del Espíritu la Iglesia se hizo capaz de reconocer la misión de Cristo y de dar testimonio de él con valentía.

El acontecimiento del Cenáculo continúa. La Madre, Reina y Victoriosa tres veces admirable de Schoenstatt implora en el santuario el Espíritu Santo para nosotros, hombres de hoy.
Vivimos en una situación de Cenáculo, como en aquel tiempo los apóstoles. En medio de las dificultades de nuestro tiempo necesitamos y esperamos un nuevo Pentecostés. Eso vale tanto para la vida de cada cristiano individual como también para la Iglesia en su conjunto.
Pedimos que se nos conceda el espíritu del Cenáculo: espíritu mariano, espíritu de oración, espíritu de comunidad.
Confiamos en que se nos regalarán frutos de Cenáculo. María nos obtiene por su mediación de gracias los dones y los frutos del Espíritu de Dios. Ella nos educa para ser personas misioneras y apostólicas. Ella une los corazones en una familia del Padre. Y María concede estos dones a todo aquel que acuda con fe al santuario Cenáculo.

La experiencia del Cenáculo

Para nuestra vida en medio del mundo, así como para las decisiones que tomamos día a día, necesitamos el Espíritu Santo. Como comunidad hemos experimentado el santuario que se levanta junto a nuestra casa central en Schönstatt como un Cenáculo, como un lugar en que actúa el Espíritu Santo. Por eso le hemos dado el nombre “Cenáculo del Padre para la Familia del Padre”.

La acción del santuario va más a lo profundo que un lugar visible, que una obra edilicia material. En él se hace visible una red de santuarios. El núcleo más interno de esa red es lo que nuestro fundador llamó “santuario del corazón”. Puedo creer con fe que Dios ha hallado un lugar singularísimo para su presencia: mi corazón. Esta convicción otorga un sentimiento de vida totalmente nuevo. A partir de esa realidad se puede salir airoso en la vida. El Cenáculo está en todas partes, pero sobre todo en mi corazón.

Federación de Mujeres de Schoenstatt, santuario del hogar